SAN EUFRASIO. VIAJE A ROMA.
VIAJE DE SAN EUFRASIO A ROMA, VOLANDO.
Enrique Gómez Martínez
Real Academia de la Historia
Cronista Oficial de Andújar.
Son pocas las leyendas que sobre San Eufrasio conocemos, una de las que ha llegado hasta nosotros es aquella que habla sobre la traída a Jaén del Santo Rostro de Cristo, que se venera en su catedral. Veamos aquella que le narra al escritor Pi Margall un joven del campo, en el camino de Baeza, cuando el ilustre personaje recorría nuestra provincia, haciendo estudios para su obra: Granada, Jaén, Málaga y Almería, publicada en 1885.
He aquí el diálogo sostenido entre el escritor y el campesino:
- “Y ¿en qué época se cree vino a Jaén esa milagrosa cara de Dios?- preguntó a nuestro hombre.
- En tiempo de San Eufrasio- contestó. – Hubo entonces un Papa que se dejó prender de amores por una niña traviesa y juguetona que andaba alrededor del palacio, y hubiera caído el buen Papa en pecado, a no ser por nuestro Obispo, porque era la mujer del diablo y le tenía armada muy bien la zancadilla.
- ¿Estaba San Eufrasio en Roma?
- No, sino en Jaén, pero tenía el Santo Obispo en una redoma tres diablos; y como supiese una noche por ellos, que ya estaba puesta la mesa en que el Papa iba a cenar, con sus amores, partió en volandas para Roma, donde pudo conjurar a Satanás y librar al Papa de sus manos.
- ¿Y llegó a Roma la misma noche?
- La misma noche. Preguntó San Eufrasio a unos de los tres espíritus que como cuánto tiempo pedía para llevarlo a Roma y contestó el diablo que hora y media. Repitió la pregunta a otro y contestóle que una hora. Repitió la pregunta al tercero y contestó: “Dentro de media hora llamarás a la puerta de la casa de San Pedro si en recompensa prometes darme todos los días la sobras de tu almuerzo… ¿prometes?”.
- ¿Y se lo prometió al Santo?
- Prometo, dijo; y alzóse luego el diablo que era, por más señas, cojo, y ya están en Roma para que vea su merced si han hecho pronto el viaje.
- Ligeros han andado…
- llamó San Eufrasio a la puerta del palacio del Papa y como le preguntasen quién era, “abre a San Eufrasio” dijo, a lo cual el Papa exclamó: “Pues como ha de ser Eufrasio si está el buen Obispo en Jaén” Mas en esto San Eufrasio entraba ya en la sala; y viendo al Papa cenando, mano a mano con la mujer de rara hermosura de que le habían hablado los diablillos, vuelto de cara a la taimada, le echó tantas bendiciones, que no pudiendo ya más sufrirlas, se hundió con gran estrépito en el suelo llevando tras si al infierno la mesa en que pensaba poder arrastrar al mismo vicario de Jesucristo.
- ¿No cayó el Papa con ella?
- Quedó el Papa como quien ve visiones, más vuelto a poco de su estupor, abrazó tan tiernamente a San Eufrasio y derramó sobre él tantas y tan sentidas lágrimas, que daba pesar no solo verle, sino oírle. Ni sabia cómo agradecer tan gran servicio; pero San Eufrasio nada pidió a cambio, sino esa cara de Dios que guarda Jaén como su primer tesoro. Dióle el Papa dos, pero San Eufrasio perdió una en una tempestad deshecha que le asaltó en la mar, precisamente al volver de Roma, y esta es la única que existe en el mundo después de la que hay en la Iglesia de San Pablo.
- Pues ¿y al diablillo? ¿Le cumplió San Eufrasio la palabra?
- ¡Vaya si la cumplió! Almorzaba el santo nueces y se las rompía en la cabeza, dejándole las cáscaras y diciendo, <
